Domingo, 28 de Mayo del 2017
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España transmite salud Mozambique es el país subsahariano que más fondos de ayuda española ha recibido en los últimos años, especialmente para reforzar el sistema sanitario y la investigación Fecha: 16/12/2015Fuente: El País

Al alba, Luisa Drofi Quefasse ya ha rastrillado el terreno que rodea su humilde casa en su aldea, Massaca. Y eso que en Mozambique amanece bien temprano. A las siete emprende su jornada. Recorre a pie los caminos de tierra bacheada entre casas y plantaciones de bananas hasta la parada de la chapa, un transporte informal sin horario ni asiento reservado en el que caben diez y viajan 20. Por el camino, visita a una anciana vecina para interesarse por su delicado estado debido a una anemia. Cada día, Luisa y otros activistas de la Fundación Encontro, apoyada por la cooperación española entre otros donantes, realizan una ronda puerta a puerta para interesarse por la salud de los habitantes de la zona y darles consejo.

Tras casi una hora de espera, en la que el sol hace su aparición hasta calentar el ambiente a 40 grados, Luisa se dirige por fin al centro de pediatría de la fundación. Allí, con una sonrisa, explica a las madres que esperan a pasar consulta médica cómo preparar una papilla nutritiva para evitar que sus hijos padezcan desnutrición. Ella sabe bien el sufrimiento de un progenitor cuando se enfrenta a las consecuencias de una mala alimentación de su prole. Hace 15 años, esta mujer menuda de 50, acudió a consulta porque su hijo tenía bajo peso. Zefaníes es hoy un adolescente que disfruta arreglando su bici y quiere ser doctor de mayor. Pero en aquel momento de incertidumbre, la madre comprendió la importancia de la información en salud. Por eso, cuando María José Castro, la enfermera española que le atendió, le pidió ayuda para formar grupos de mujeres y luchar contra un brote de cólera, no dudó en ayudar. Aquella fue la semilla de actual programa de activistas de la institución, que se dedica a impartir cursos entre líderes y voluntarios de la comunidad que a su vez difunden sus conocimientos entre la población.

Luisa es la coordinadora de asuntos sociales de Encontro, forma y orienta a los activistas, mayoritariamente mujeres. “Fue creciendo como persona y profesional. Y estudió Acción Social. Todo ello, manteniendo sola a su familia, pues se separó después de tener a su sexta hija”, relata con admiración su amiga y mentora, la “tía” María. “Tenía una situación muy desagradable, no trabajaba y no me sentía capaz de hablar con otras personas. Pero a través del trabajo de los grupos conseguimos mejorar la salud en la aldea y reducir la violencia de género”, afirma después de haber terminado su jornada, si es que eso es posible.

“Tenemos desafíos muy grandes aquí”, razona Luisa. Los datos de la ONU (Onusida, OMS y Unicef) dan buena cuenta de ello. El VIH es responsable del 26% de las muertes en el país; 1,5 millones de personas viven con el virus y entre 33.000 y 81.000 no sobreviven a él cada año en una población de 26 millones. Ela es uno de los nombres que engrosarán la estadística de 2015. Falleció tras abandonar el tratamiento antirretroviral. Deja dos huérfanos a cargo de la abuela, que tiene otros seis nietos bajo su responsabilidad. Luisa acude a su hogar para conocer las necesidades de los críos. “No tenemos qué comer. No llueve y no tengo cosecha. No sé qué hacer, no tenemos dónde ir y no veo salida”, lamenta la anciana mientras Luisa acaricia a una de las niñas sobre su regazo visiblemente débil y adormecida.

La malaria es, por su parte, el principal verdugo de los niños. El parásito causa el 18% de los fallecimientos de menores de cinco años, mientras que la diarrea provoca el 8% y el VIH el 7%. Enfermedades curables o prevenibles cuyo abordaje podría significar una drástica reducción de la tasa de mortalidad infantil de 87 defunciones por cada 1.000 nacidos vivos en 2013, según los últimos datos disponibles.

Estas cifras explican que la inversión en salud sea crucial en Mozambique. Con esa convicción, el refuerzo del sistema de atención primaria y la investigación sanitaria son dos de las principales partidas de la ayuda al desarrollo española en el país subsahariano. Un esquema integral basado en que los médicos previenen y curan las enfermedades y la ciencia las erradica.

Con esta pauta, además de programas de salud comunitaria como el que dirige Luisa, España financia el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), creado en 1996. La aportación española supone un 12% de los fondos de la institución, es el segundo donante tras la Fundación Bill & Melinda Gates(61%); no es el primero, pero sí el más perentorio. El millón y medio de euros que la AECID ingresa anualmente en la cuenta del centro sirve para pagar la infraestructura, la luz, el agua, el mantenimiento de los equipos, la formación de los investigadores, el sueldo de la plantilla base… lo que los gestores llaman el core. “Son las actividades y capacidades mínimas para poder optar a proyectos, con independencia del número de estos”, detalla Delino Nhalungo, subdirector de CISM y responsable de las finanzas. Eso es precisamente lo que cubre la aportación de la cooperación española, 20,6 millones desde su fundación, y, sin ella, ningún programa o descubrimiento contra la malaria, la tuberculosis, el rotavirus o el VIH sería posible en esta entidad. “En 2008, el core supuso 1,5 millones de dólares; ahora estaremos en dos millones”, precisa el subdirector. Una cantidad, que no obstante ha sufrido recortes durante la crisis y que ahora vuelve a recuperarse; la AECID destinará 4,5 millones al centro en el periodo 2014-2016.

Sabedora de que su formación posuniversitaria ha sido posible gracias a los fondos que la agencia española invierte en el CISM, Nelia Manaca, de 35 años, no duda en “dar las gracias”. “Se lo digo a los españoles: gracias por destinar una parte de sus impuestos a personas que estamos tan lejos, pero lo necesitamos. Lo ideal es que algún día el país no requeira ayuda internacional, pero todavía es así”.

Estudió Biología en la Universidad Eduardo Mondlane en Maputo gracias a una beca estatal, pues sus padres no tenían recursos. Era la primera de la familia en ir a la facultad. Cuando todavía estaba realizando su tesina, en 2005, vio un anuncio en el periódico que decía que el CISM buscaba personal. Aún hoy le cuesta creer que la cogieran a ella. "¡Era la primera oferta que eché!", apunta sentada frente a su ordenador. Tras dos años de formación y trabajando como técnica de laboratorio, optó a una convocatoria interna para cursar un máster y formarse como experta en salud ambiental en el Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL) de ISGlobal en Barcelona. De nuevo, se muestra sorprendida de que la seleccionaran entre otros compañeros "que llevaban más tiempo" en el CISM. "Pero era la única a la que le gustaban los mosquitos", explica entre risas. Gracias a su predilección por diseccionar al bicho, vivió en España cuatro años, donde además, terminó su doctorado. "De España me gusta el verano porque hay luz hasta las ocho y puedes salir a pasear después del trabajo. Y tapear".

Las investigaciones posteriores en salud ambiental que llevó a cabo en Mozambique se focalizaban, sobre todo, en cómo afecta la contaminación por la combustión de carbón o caña de azúcar por los productores, pero sobre todo por la quema de madera para cocinar —"el 90% de los hogares en el país utilizan esta fuente de calor", apostilla— a la salud de las mujeres. Todavía está analizando los datos recabados para obtener los resultados. "En algunos países ya se ha demostrado que es un problema y están promocionando cocinas de leña mejoradas, más eficientes y que causan menos humo", asegura.

Esta y otras investigaciones que apoya, como la que ha demostrado que el rotavirus es el principal causante de diarrea en Manhiça, lo que ha propiciado que se introduzca la vacuna en el país, salvan vidas. Así lo cree Manaca, que quería estudiar Medicina para ayudar a la gente, pero considera que su labor actual previene tantas o más muertes que la de un doctor. "Me gusta cuidar y curar a la gente. No he podido hacerlo como médica, pero lo hago como bióloga", subraya.

Durante la carrera, sin embargo, no había considerado la posibilidad de dedicarse a este tipo de investigación. "No sabía que existía. Pensaba que podía trabajar en un laboratorio de análisis, pero no en esto. Su trayectoria ha sido una inspiración para su familia. Sus hermanas pequeñas van a la universidad, y la mayor, volvió a estudiar.

Nhalungo explica la importancia de esta inversión en educación. “Es fundamental. Hace años, difícilmente encontrabas un inmunólogo en Mozambique, así que tienes que traer a personas con una formación parecida y complementar sus conocimientos como especialista aquí”, detalla. Así fue como el mozambiqueño Eusebio Macete entró como médico en 1997 y acabó dirigiendo el centro cuando su predecesor, el español Pedro Alonso, actual director del programa de malaria de la Organización Mundial de la Salud, dejó el cargo.

“De los 20 proyectos de investigación que se desarrollan actualmente aquí, el 70% ya están dirigidos por personal nacional”, afirma con orgullo cauto Nhalungo. Y añade: “Ya tenemos cinco investigadores senior mozambiqueños que a su vez forman a nuevos investigadores del país”.

Una de las senior es Khatia Munguambe, de 39 años, responsable del departamento de viabilidad y aceptabilidad. Su labor es tan importante que ninguna prueba en la población sería posible sin su intervención. De ella depende conocer las inquietudes y reacciones de la población ante la introducción de un procedimiento médico, medicamento o vacuna. “En 2007, para un programa de prevención del contagio de VIH con un gel microbicida en mujeres, teníamos que conseguir un grupo de 500 para hacerles seguimiento durante un año. No era fácil porque suponía que tenían que compartir y hablar de sus prácticas sexuales, acudir a consulta ginecológica cada cuatro semanas”, recuerda. Y lo lograron, aunque después la investigación se detendría pues una investigación en Sudáfrica similar dio resultados negativos. “Pero creamos una comunidad base que hasta hoy funciona. Y hay 21 líderes a los que preguntamos sobre la opinión de la colectividad. Ahora están estudiando la aceptación que tendría probar una vacuna contra el VIH. “También con hombres”, precisa. La desigualdad de género es un lastre para combatir enfermedades, añade. “Ellas tienen más información, pues reciben formación en salud sexual y reproductiva, se cuidan más y cuidan de los enfermos, pero no tienen el poder de decisión".

Khatia forma parte del personal fijo del centro, su salario lo cubre la aportación española, aunque la investigadora cree que el gobierno del país debería involucrarse en financiar centros como el CISM. “La ciencia es muy importante. Imagínate que erradicas la malaria de una zona. Significa que las personas pueden trabajar, los niños pueden ir a la escuela y se producen menos gastos en salud”, enumera. En sus pesquisas descubren mitos que afectan negativamente a la salud como la creencia de que el cáncer de útero está relacionado con el adulterio, lo que hace que muchas mujeres lo oculten en vez de buscar tratamiento.

La formación de Nelia o Khatia, y tantos otros, en un centro de referencia mundial en enfermedades infecciosas no es el único legado de la cooperación española en Manhiça. Gracias a los resultados de sus investigaciones se introducirá la vacuna del rotavirus y, muy probablemente, la del papiloma humano. En el hospital frente al CISM cuentan con 14 médicos, cuando la media es de uno. También se desarrollan programas de sensibilización de la población en cuestiones de salud, sobre todo, para que acudan al médico en vez de al curandero cuando se sientan mal. Y la mortalidad materna e infantil han descendido en la región más que en el resto del país.

“Todo esto es bonito, pero requiere dinero”, subraya Nhalungo. En una diapositiva proyectada en la pared de su despacho están recogidos todos los gastos del centro. Dólar a dólar. Según donantes y partidas. “El Gobierno mozambiqueño no es que se haya relajado en prestar atención sanitaria, es que no tiene recursos para prestarla. Mantener un laboratorio de análisis es caro; y las pruebas también. La de VIH para niños recién nacidos de madres seropositivas cuesta entre 55 y 60 dólares”, abunda Héctor Mavuvane, responsable del laboratorio, preguntado por la ausencia de autoridades nacionales entre los financiadores. ¿Cooperar salva vidas y no hacerlo mata? “Sí”, responde sin dudas el especialista. ¿Si el Ministerio de Sanidad está ausente y la cooperación falla, qué queda? “Nada. Todos los países del tercer mundo estamos así”, resuelve.

Poco sabe de donantes y presupuestos Tomás Joao Antonio Escudo, un vecino de 51 años que reside a 15 minutos a pie del hospital de Manhiça y del CISM. Él es uno de los 168.000 individuos que monitorea el equipo de investigación del centro y beneficiaros de los programas de salud. Dice que no entiende por qué gente que vive tan lejos aporta dinero de sus impuestos para ayudarles. “Me gustaría conocer a esas personas”.

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Actualizado Mayo 2017